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Retos del multiculturalismo contemporáneo

Artículo publicado por Manuel Guillén en el número 723 de M Semanal del 12 de septiembre de 2011.

La existencia de culturas diversas dentro de los Estados-nación ha sido resuelta de maneras distintas. Analizarlas en Canadá, Estados Unidos, España, Irak o México ofrece perspectivas para la convivencia.

El multiculturalismo es un concepto tenido en alta estima porque refiere a las singularidades vivenciales de cada grupo humano particular. De hecho, no poseemos al día de hoy una mejor manera de nombrar y, por ende delimitar, los ámbitos de convivencia, lenguaje, costumbres y maneras de ver el mundo de las comunidades singulares al interior de un Estado-nación: las culturas. Porque el concepto de cultura es una invención moderna; tendrá, a lo más, unos 300 años.
Surge con la consolidación de los Estados nacionales europeos hacia el siglo
XVIII. Lo que, en breve, el concepto de cultura destaca es la dicotomía que se
da entre el Estado y la cultura; entre un Estado nacional y las culturas que
coexisten en su interior.

Así podemos hablar de culturas y de pluralidad de culturas a lo largo y ancho del mundo. Cada una posee una historia propia que incluye mitos y leyendas sobre el origende esa cultura, un lenguaje y una manera peculiar de comprender al mundo y la vida. Por igual, en la mayoría de los casos, también incluye un espacio geográfico común y un sistema de leyes, o por lo menos de reglas, que la
cohesiona.

El tema de la pluralidad de culturas ha resultado ser uno de los lances mayores en el orden legal de los países a lo largo y ancho del mundo, precisamente por la
existencia de Estados-nación consolidados en la mayor parte del planeta. Si
éstos no existieran (como sucedía en épocas antiguas), el multiculturalismo no sería problema, ni siquiera tema a tratar políticamente. Sólo es debido a la complejidad de armonizar diversas culturas dentro de un Estado que la temática se vuelve relevante.

Dos han sido los pilares de los Estados-nación modernos: la identidad cultural y la ciudadanía. En principio, se supone que todos los habitantes en el interior de un Estado poseen la misma cultura; comparten una lengua, una historia y una manera de ver el mundo en términos sociales y políticos. A través del sistema educativo y del servicio militar obligatorio, en conjunto con la constitución de una historia nacional oficial, los Estados han buscado cohesionar a supoblación en el marco de una cultura homogénea. Se supone que todo aquel que comparte esta cultura (lenguaje e historia) tiene el derecho de ser ciudadano dentro del Estado.

Es decir, que llegado el momento legalmente sancionado de la mayoría de edad, todas las personas al interior de la cultura estatal pueden gozar de derechos políticos y sociales plenos.

No obstante, en la práctica esto ha sido mucho más fácil de decir que de hacer; en los Estados convive una multiplicidad de maneras de ver el mundo ligadas a
historias particulares y a lenguajes diversos. Conjuntos de personas que por
diferentes azares históricos han quedado dentro de los límites de un
Estado-nación determinado, en algunos casos comparten poco o nada con la
mayoría dominante o con la cultura oficial al uso. Es por ejemplo el caso de
los indígenas nativos de Estados Unidos, de las poblaciones indígenas mexicanas
y de las diversas naciones asimiladas a la Federación Rusa (incluso después de
la disolución de la URSS y de la independencia de numerosas naciones tras ese
acontecimiento). Los Estados han tenido diferentes maneras de lidiar con esta
circunstancia. Los casos más “benignos”, como el mexicano, consisten en
garantizar el estatus de ciudadanía para los integrantes de culturas diversas,
aunque con un fuerte componente de aislamiento en la práctica. Los casos más
graves han incluido la guerra civil y el genocidio, como ocurrió con la ex
Yugoslavia, y la consiguiente Guerra de los Balcanes entre las culturas que
integraban aquel país.

En términos generales, la mejor manera de construir una nación multicultural es la de la reciprocidad vivencial, consistente en garantizar, desde las estructuras del Estado, una serie de valores universales aplicables a la totalidad de las personas al interior de éste, al tiempo que se respeta la autonomía de costumbres de las culturas particulares siempre y cuando éstas no entren en
conflicto con dichos valores universales. De esta manera se genera una dinámica de respeto mutuo y de reciprocidad en la toma de decisiones políticas generales y particulares. Pocos países han intentado este sistema, pero los que lo han hecho han sido aceptablemente exitosos en su esfuerzo de una integración con independencia: Canadá y España se encuentran entre este grupo selecto de
naciones. El ejemplo de ambos deberá servir para integrar las naciones del
futuro, ya que el mundo se vuelve cada vez más multicultural, tanto por los
residuos de antiguos acomodos culturales, como por la constante y creciente ola
de migraciones a lo largo y ancho del planeta.

TENSIONES SOCIALES DEL MULTICULTURALISMO

Ahora bien, en la práctica, cada cultura, cuando se ve forzada a coexistir con otras culturas al interior de un Estado-nación, intenta replegarse sobre sus valores, su manera de ver el mundo y la vida e incluso en la identidad étnica de sus miembros. A lo largo de la historia, tradicionalmente la cultura que o bien tiene el mayor número de miembros (como en el caso de China con la etnia mandarín), la más avanzada tecnología (como fue el caso de españoles y portugueses durante la Conquista y la Colonia de América) o el poder a escala mundial (como los ingleses en Sudáfrica) termina por avasallar al resto de culturas, imponiendo sus valores, leyes y estilos de gobierno. Como toda imposición, esta dinámica se basa en la violencia física, psicológica y formal (reglas, leyes, lenguaje) sobre los sometidos.

El resultado de un orden social de esta guisa es que las culturas minoritarias
suelen volverse recalcitrantes; ensimismadas y desconfiadas de todo lo que les
es ajeno. La convivencia se vuelve un juego de fuerzas en el que sólo se tolera
de manera forzosa al Otro, pero no se logra una verdadera integración humana.
Durante buena parte del periodo histórico de la modernidad tardía (que va, más
o menos, de 1945 a 1989), en diversas partes del mundo las tensiones
interculturales fueron sofocadas, sometidas o aminoradas por la intervención de
Estados fuertes, como fueron los casos de Yugoslavia, Irak y México, por poner
algunos ejemplos paradigmáticos. No obstante, al entrar en el acomodo mundial
desregulado de las últimas décadas (también conocido como “era posmoderna”),
Estados como los mencionados se enfrentaron con la realidad de una convivencia precaria entre los distintos grupos étnicos y culturales al interior de ellos.

Sin duda, de los tres ejemplos antedichos el más dramático fue el de la ex Yugoslavia, ya que la nación se desintegró en medio de una cruenta guerra que duró casi una década (prácticamente los años noventa del siglo pasado). En Irak, el gobierno dictatorial de Saddam Hussein mantuvo a raya las divergencias culturales con base en la represión militar interna, hasta que, tras las dos Guerras del Golfo, el problema estalló y hoy mismo se vive una guerra civil en medio de la invasión estadunidense al país.

El caso mexicano no por pintoresco es menos digno de preocupación. Fue a mediados de la década de los noventa del siglo pasado cuando irrumpió de manera más espectacular que violenta el Ejército Zapatista de Liberación Nacional en la zona de los Altos de Chiapas, mostrando a la opinión pública, entre otras cosas, que la pretendida nación mexicana completamente mestiza, integrada y en vías de desarrollo era una falsedad del discurso político del partido único que gobernó al país durante siete décadas. Más allá de las pertinentes críticas al uso y abuso de la figura del Subcomandante Marcos en dicho movimiento, la presencia descontenta de los indígenas chiapanecos puso de relieve la discriminación, injusticia y grosera mala distribución de la riqueza por parte de la cultura hegemónica y la clase social dominante en el país.

Estos son algunos de los asuntos pendientes en la convivencia multicultural al interior de los Estados nación a lo largo y ancho del mundo. Política y legalmente hay diversas maneras de resolverlos, desde las reservaciones indias de Estados
Unidos hasta las legislaciones que combinan autonomía cultural y política con
integración federativa, como es el caso de España. Pero lo más importante es
reconocer las diferencias y comprenderlas dentro del marco universal de la
comunidad humana. Es decir, más allá de las divergencias específicas, por grandes que éstas sean, debemos reconocernos los unos a los otros como decididamente humanos y, por lo mismo, en igualdad de dignidad y derechos naturales.

Sin embargo, en un ambiente generalizado de transición cultural, política y
económica en el nivel universal, la armonía multicultural se desgaja en la
medida que el mundo se aleja del centro de atracción común de los valores
universales. La perspectiva en el mediano y largo plazo parecería indicar un
ambiente de crisis de los Estados nacionales y de las posibilidades
multiculturales que, hasta la fecha, éstos han hecho posibles.

MULTICULTURALISMO EN UN MUNDO GLOBALIZADO

El paradigma moderno del Estado nacional ha poseído una estructura político-administrativa que unifica, en principio, la diversidad cultural en torno a una ideología y una identidad común dentro de sus límites políticos y geográficos. La intención primordial de esta distribución de fuerzas al interior de una nación fue lograr un balance, una armonización de los elementos divergentes en juego. De esta manera ha sido posible el desarrollo de buena parte de los países del mundo moderno y ha dado lugar a la formación del sistema global de naciones tal y como lo conocemos en la actualidad. En muchos lugares del planeta posibilitó la expansión de la educación, la integración multirracial y la universalización del sistema sanitario y de asistencia pública. El mundo contemporáneo no se entendería sin este desarrollo evolutivo de los Estados nacionales.

Diríase, entonces, que en el entramado globalizador de nuestra era los Estados se
convierten en los enclaves culturales específicos que coexisten dentro de un
orden unificador mayor, determinado por las dinámicas propias de la
civilización capitalista en su fase actual: flujos financieros electrónicos,
desregulación del Estado de Bienestar, extendido y generalizado descreimiento
ideológico, cohesión social individualista, urbana, mediática e instrumental,
etcétera. Con la cautela del caso, podría hacerse una equiparación entre lo que
ocurre con el multiculturalismo al interior de una nación con lo que acontece
en el orden internacional y su composición multicultural de Estados en él
activos. La manera en que estos participan de semejante orden es similar a la
de las culturas particulares al momento de participar (o no hacerlo) dentro de
la vida política, social y económica de un país.

En este sentido, el desafío de la actualidad consiste en que la ideología nacional tenga sentido dentro de un mundo ampliamente globalizado, en el que los valores y el modo de vida de los países más avanzados han impregnado la vida cotidiana del resto del planeta, con la serie de claroscuros que ello implica. El nacionalismo debe ser pensado de nuevo y reinventado para que destaque los valores particulares de la nación en el marco de la realidad mundial
interconectada. No se trata de una vuelta a la cerrazón nacional ni a la
negación de las influencias positivas del exterior, que las hay y muchas, sino
de la formación de una verdadera comunidad ética nacional en la que los
integrantes de una país, más allá de sus diferencias culturales específicas
(étnicas, lingüísticas, tradicionales), puedan reconocerse como integrantes de
una sola entidad de convivencia que tiene como guía una serie de fines comunes,
entre los que habrán de destacar el respeto a la dignidad humana por encima de
las divergencias particulares, el desarrollo económico equitativo y la igualdad
de oportunidades dentro de lo que permite un sistema económico desigual en sí
mismo como lo es el capitalismo. Tal es el reto mayor al que se enfrentan las
naciones en este momento de la historia. Es la apuesta para hacer de nuestros
países lugares dignos de ser vividos.

Los orígenes de la antropología del deporte

Los inicios de la preocupación antropológica por el deporte hay que buscarlos en el siglo XIX, enmarcados dentro de la polémica académica de la época ante la problemática de la difusión de los rasgos culturales. En este aspecto, destacan las obras dedicadas a la recopilación de juegos tanto en Europa como en América, o los textos de carácter más general donde los juegos se recogen y se incluyen como un dato etnográfico más. La mayor parte de estas obras iniciales son de carácter claramente descriptivo o etnológico, interesadas en señalar las similitudes y las diferencias entre las prácticas físico-deportivas y los juegos de
diferentes comunidades humanas.
A principios del siglo XX se impone una nueva orientación, menos descriptiva, más teórica y, sobre todo, mucho menos preocupada por los “orígenes” que por poner en relación el deporte primitivo y otros aspectos de la vida social. Es decir, no se busca tanto la metodología comparativa como la estructural, al intentar recrear sistemas de relaciones en una sociedad.
A mediados de siglo, un artículo: “Games in Cultures”, de Roberts, Art y Busch, llamó la atención de los antropólogos por su intento de sistematizar el punto de vista de la antropología sobre el deporte y el juego. A partir de esta época aparecen, cada vez en mayor número, antropólogos dedicados a la investigación del deporte, y se diversifican los marcos teóricos de referencia. Así, podemos encontrar obras que analizan el desarrollo del deporte desde posicionamientos evolucionistas, al destacar como un elemento clave en la explicación de los cambios ocurridos en la práctica deportiva y su institucionalización, el incremento de la complejización social y organizativa, al igual que el desarrollo tecnológico.

También se observan estudios e interpretaciones desde los modelos funcionalista o estructural-funcionalista. El artículo de Fox (1979) es un ejemplo de aplicación de estas corrientes funcionalistas, ya que, para el autor, el béisbol practicado de forma popular funciona como un bálsamo para acabar con las tendencias agresivas en un sistema que tradicionalmente se ha caracterizado por ser no competitivo y que, en el momento del estudio, se encontraba sujeto a tensiones provocadas por el proceso modernizador. Otras corrientes teóricas han enfocado, desde sus distintos posicionamientos, el hecho deportivo: el materialismo cultural, el estructuralismo francés o la teoría de sistemas, por
referir algunas. Un estudio de referencia en su aplicación al análisis simbólico de los juegos y prácticas deportivas ha sido sin duda el de Geertz (1988) sobre la pelea de gallos en Bali (Indonesia). Su conceptualización del juego profundo nos permite tratar el acontecimiento deportivo como un texto cuya principal función va a ser interpretativa.
En lengua castellana, no cabe duda de que durante muchos años la obra de referencia ha sido la traducción del libro de Blanchard y Chesca (1986) Antropología del deporte. Se trata de una visión de la antropología del deporte desde una perspectiva neoevolucionista, pero que se ve completada por un repaso de los demás modelos teóricos. Se convierte, de este modo, en un manual con una clara voluntad generalizadora que ha tenido una notoria utilidad durante un extenso periodo, tiempo en el cual la producción antropológica sobre la actividad físico-deportiva ha sido escasa.
Al margen de este libro, ya se disponía en castellano de los artículos de Firth
y Fox incluidos en la obra de Lüschen y Weis (1979), que propusieron una
aproximación a prácticas físico-deportivas en sociedades tradicionales desde
posiciones funcionalistas.
Sin traducir al castellano, ha sido referenciada, con asiduidad, la compilación de Harris y Park (1983). El libro sitúa los juegos y deportes dentro del contexto cultural en el que se manifiestan, para luego interrogarse sobre la relación deporte/ritual y a partir de ahí ofrecernos diferentes posicionamientos sobre los procesos de socialización y aculturación a través del deporte. Más recientemente se publicó la interesante compilación de Jeremy MacClancy (1996) sobre las relaciones entre deporte, identidad y etnicidad. En México el estudio del deporte se ha encontrado vinculado a la arqueología y al ritual, con especial énfasis en todo aquello relacionado al juego de pelota prehispánico. Habrá que esperar a un momento más reciente para encontrar obras como la de Fábregas (2001), que analiza el fenómeno futbolístico, y que parece señalar ya una perspectiva en crecimiento que puede observarse en los intentos por conformar grupos de trabajo, a nivel nacional, que se dediquen a esta problemática.

 

Formas de organización social: banda, tribu, jefatura y estado

Introducción:

Desde casi los comienzos de la antropología los investigadores han intentado clasificar las sociedades según como estaban organizadas. Los evolucionistas armaron cuadros evolutivos a fin de comprender cómo fueron cambiando las formas de organizarse de los pueblos hasta llegar a los grandes estados actuales. Algunos de los autores más importantes en estos estudios fueron Morgan, Service y Fried. Morgan para realizar sus clasificaciones se basó en los adelantes tecnológico. Cada uno de estos estudios selecciona un atributo como indicativo de un estado general, que sirve para hacer la división. Esta es una de las principales críticas que recibem ya que la ocurrencia de un solo atributo es asumidad como la evidencia de un conjunto de características que definen al tipo ideal. Estas tipologías han sido muy criticadas pero no debemos olvidar que para comprender y estudiar los fenómenos debemos colocar cierto ordenamiento a los mismos, es decir, cierta clasificación. El problema radica cuando en nuestros estudios el último fin son formar tipologías descriptivas sin arribar a una explicación de los fenómenos. Es decir, clasificar, ordenar pero luego explicar. Esta última postura sería la ideal. En este sentido las tipologías sólo son una herramienta para analizar y organizar las ideas y no el último fin de la ciencia. Queda por resolver una cuestión central en antropología: por qué algunas sociedades pasan de un estado a otro y otras no. Para poder estudiar los diferentes pueblos es conveniente comenzar por estudair la escala de la sociedad, la unidad social. Esto es importante ya que cada tipo de sociedad va a requerir técnicas y métodos de estudios diferentes. Una de las clasificaciones más conocidas es la realizada por Service.

Banda:

  • Formadas por menos de 100 individuos.

    Miembro de una banda
  • Su organización social es igualitaria con un liderazgo informal y efímero.
  • En su economía son cazadores recolectores itinerantes.
  • Presencia de chamanes.
  • Los parientes están vinculados por matrimonio y descendencia.
  • No están divididos en clases, sin diferencias económicas o de status.
  • Los únicos segmentos efectivos son las familias o el grupo familiar.
  • El medio de integración de estos grupos es por medio de lazos de parentesco y matrimonio.
  • Se asigna el trabajo. (división del trabajo) según criterios de edad y sexo.

 

Tribu:

  • Número de miembros que forman una banda en el orden de miles.
  • Se organizan en clanes. Éstos son unidades con tenencia de la tierra o de propiedades.
  • Pueden existir asociaciones generales o sociedades fraternales.
  • Economía agrícola o pastoril con especies domesticadas.
  • Sedentarismo. Poblados permanentes. Todos los asentamientos iguales, sin llegar ninguno a tener dominio sobre los otros.
  • Cierta especialización artesanal.
  • Ancianos con funciones religiosas.
  • Ceremonias religiosas regulares.
  • Santuarios y centros rituales en los cuales se reúnen los grupos.
Tribu Chochoni

Jefatura:

  • Número de miembros que forman las jefaturas entre 5.000 y 20.000
  • Jerarquías basadas en el parentesco con un líder cuyo rango es hereditario.
  • Los jefes pueden tener un origen divino que legitima el derecho a exigir tributo y sostenimiento por parte de la comunidad.
  • Los miembros de rango superior refuerzan su status con bienes suntuarios.
  • Acumulación de bienes y redistribución de los mismos, lo que está posiblitado por un excedente.
  • Ciertos especialistas, como los artesanos, pero sin establecerse en una clase determinada.
  • Centros rituales.
  • Presencia en los asentamientos de un núcleo primario con funciones políticas, económicas y religiosas esenciales, centro de la acumulación y el almacenaje desde donde se administran y redistribuyen. Centro donde se instala el líder y su familia, y otros jefes menores.
  • Asentamiento más importante como centro de poder con numerosos templos y residencia de jefes y artesanos.
  • Cierto sistema de registro para contabilizar el excedente almacenado.
  • Especialistas religiosos. Complicados rituales.

Estado:

  • Formados por más de 20.000 individuos.
  • Jerarquías basadas en clases sociales.
  • Ejército permanente. Actividades bélicas y enfrentamientos.
  • Rey o emperador como cabeza del estado.
  • Burocracia centralizada.
  • Recaudación de tributos.
  • Poderosa estructura económica con intercambio recíproco y redistributivo.
  • Mercados.
  • Economía controlada por una elite con acceso preferencial a los bienes y servicios.
  • Codificaciones de leyes. El delito es visto como un daño contra el estado y por lo tanto se imponen castigos.
  • Presencia de asentamientos en grandes ciudades y urbes. Jerarquías de asentamiento muy acusada.
  • Obra de ingeniería como carreteras, canales para el regadío, puentes, etc.
  • Clase religiosa o sacerdotal.
  • Presencia de una religión estatal.
Estado. El parlamento

Relativismo cultural

El relativismo cultural sostiene que todas las culturas son iguales, que valen lo mismo. Cada sociedad, cada cultura es absoluta y no se puede comparar con ninguna otra, porque cada una de ellas tiene sus valores propios, mientras que el pluralismo lo que define es que hay una pluralidad de culturas pero que unas son mejores que otras y dentro de cada cultura puede haber diferencias.

La defensa indiscriminada de la diversidad cultural es presentada a menudo como una forma de combatir el imperialismo, promover la tolerancia y propiciar el igualitarismo entre las culturas.

Pero el culto a la diferencia es conservador, de derechas y fomenta la discordia entre los pueblos. Porque aunque aparentemente coloca a todas las culturas en el mismo plano, los valores de cada cultura terminan siendo absolutos y sin posibilidad de ser discutidos desde la racionalidad. Están fuera de toda critica.

Por tanto, aunque el relativismo cultural sea una manera científicamente aceptable de referirse a las diferencias culturales, no constituye la única actitud científicamente admisible.

El relativismo pone en cuestión los derechos del hombre y eso nos llevaría a pensar que tradiciones como la ablación del clítoris, el canibalismo, la lapidación o la pobreza son rasgos culturales dignos de ser conservados como logro valiosos.

Los nativos de estas culturas pueden considerar que estas practicas son una parte irrenunciable de su identidad cultural y los intentos de combatir estas tradiciones, como actos de imperalismo cultural destinados a destruir su identidad. Estas practicas y muchas otras atentan contra los derechos más elementales de las personas.

Niño de la tribu yanomami de la Amazonia venezolana

Existen unos derechos éticos universales por encima de las construcciones culturales. Por tanto, todas las culturas que mantienen estas prácticas no son dignas de respeto porque no contienen valores defendibles. El respeto por la integridad humana impide respetar cualquier pauta intercultural.

Es verdad que estos principios chocan con normas morales vigentes en muchas culturas, incluidas la nuestra, pero podríamos considerar que mientras que las normas éticas son consustanciales a todas las personas, las normas morales son solo inherentes a cada cultura.

También la ciencia podría englobarse dentro de este planteamiento, pues el conocimiento también debe adquirir categoría de validez universal. Aunque las bases de la ciencia hayan partido de una cultura concreta, una vez constituida es universal y por tanto no forma parte de una cultura. Y debe ser común a todos los pueblos.

Aquí se plantea un dilema. ¿Deben ser todas las culturas respetadas y dejadas de
la mano de la modernidad? ¿Juega siempre la civilización occidental como
cultura hegemónica, un papel globalizador perjudicial para las culturas mas
‘atrasadas’? ¿Cómo y quién ha de marcar las pautas de validez para los
valores culturales? ¿Quién esta legitimado y desde dónde?

Quizás una frase de Nietzsche nos dé una aproximación a las respuestas:

La verdad no es una cosa que existiría y que se trataría de encontrar, de descubrir, sino una cosa que es preciso crear y que permite denominar un determinado proceso, más aún permite a una voluntad forzar los hechos hasta el infinito; introducir verdad en los hechos no es la inserción en la conciencia de una realidad sólida y determinada por sí misma. Es uno de los nombres para designar la voluntad de poder.

Al intentar evaluar el relativismo cultural, debemos reconocer que sin duda
podríamos aprender muchas cosas de otras culturas. Nunca debemos caer en la
creencia de que nuestra cultura tiene todas las respuestas. Ninguna cultura
tiene el monopolio completo de la verdad. Asimismo, los cristianos deben
cuidarse de suponer que su perspectiva cristiana de sus experiencias culturales
deberían ser normativas para todas las demás culturas.

El relativismo cultural enfrenta otros problemas filosóficos. Por ejemplo, es insuficiente decir que la moral se originó en el mundo y que está cambiando constantemente. Los relativistas culturales tienen que contestar cómo se originó el valor del no valor. ¿Cómo surgió el primer valor?

Además, ¿hay lugar para que personas valientes desafíen la norma cultural y luchen contra el mal social? El relativismo moral no parece dejar ningún lugar para los reformadores sociales. El movimiento abolicionista, el movimiento sufragista y el movimiento de los derechos civiles son todos ejemplos de movimientos sociales que fueron en contra de las circunstancias sociales de la cultura. Abolir la esclavitud y dar derechos a los ciudadanos son cosas buenas,
aun cuando fueran resistidas por muchas personas dentro de la sociedad.

Desidentidades por Canek Sánchez Guevara

Hernán Cortés y La Malinche según el gran muralista mexicano José Clemente Orozco

Publicado por Canek Sánchez Guevara en su columna Diario sin motocicleta de M Semanal, número 720 de agosto 22 de 2011.

Hace unas noches, invitado por un excelente amigo, asistí a la presentación en sociedad de   la Academia de Genealogía e Historia de Panamá. Aunque los actos oficiales y académicos tienden a aburrirme, asistí arrastrado por la curiosidad, en parte porque la institución que la acoge es una exclusiva universidad católica(por tanto ajena a mi cosmos habitual) y, en parte, porque me encuentro en un país también ajeno a los míos. Mucha fue mi sorpresa cuando el flamante director y los flamantes miembros directivos (mi flamante amigo, que es un tipo listo, quedó como Tesorero) juraron respetar las reglas de la Academia, etcétera, y una voz que me pareció de ultratumba, respondió: “Si así fuere, que Dios y la Patria los premie, o de lo contrario, los castigue”. El acto, que comenzó con el himno nacional, se alargó por intervenciones de diversos miembros, pero hubo algo que me distrajo de todo lo demás: uno de los directivos mencionó que la Academia aspiraba a participar “en la configuración de la identidad nacional”.

La tan mentada identidad nacional me sigue pareciendo la fantasía ideológica más cara a los nacionalistas de toda calaña y condición, y el término, aunque sea pronunciado por intachables investigadores liberales, me asusta, pues me recuerda siempre a los discursos autoritarios de derecha y de izquierda. Soy de los que piensa que son más importantes conceptos como sociedad, ciudadanía o cultura; que la “identidad nacional” tiende a excluir a quienes no la practican, aunque nunca me quede claro cómo se puede practicar tal cosa, ni qué significa en los tiempos que corren. Así, en Panamá, uno bien podría preguntarse qué tienen en común, identitariamente hablando, un hacendado de Chiriquí, un indígena de Kuna Yala (cuya bandera incluye una esvástica que, según entiendo, representa al pulpo creador del mundo), otro de la comarca de Ngöbe-Buglé, un rastaman de Colón y un joven posmoderno y clasemediero de la capital. Aparte de los llamados símbolos nacionales y de una serie de condiciones político-administrativas que los sujetan por igual, sus vidas discurren por mundos distintos, se nutren de diversos simbolismos y, sin duda alguna, producen y protegen   identidades distintas.

Nuestro tiempo está signado por la diferencia. Si hay algo que por encima de todas las cosas alimenta todavía los ideales de libertad, de igualdad e incluso de fraternidad es, con justeza, el respeto a la diferencia, o, mejor aún, a “las diferencias”. Es la certeza de un mundo plural lo que mueve al mundo de nuestro tiempo, siendo los retrógrados los interesados en abolir tal condición. Cuando oigo hablar de identidad nacional pienso siempre en su imposibilidad, pues lo que hay son identidades nacionales. Cuando escucho en el acto antes descrito las palabras Dios y Patria, pienso que hay dioses y patrias; que todo Estado moderno no es otra cosa más que la unión, voluntaria o no, de diversas naciones y culturas, diversas identidades y cosmogonías, diversas deidades, diversas lenguas y que, en consecuencia, es absurda la idea de una identidad nacional.

Está de moda en estos tiempos de globalización acelerada apelar a la “identidad nacional” como elemento resistente, olvidando que ese mismo término fue empleado por los reaccionarios de antaño ante la invasión “extranjerizante” de las ideologías de izquierda. Si ahora el miedo se llama trasnacional, entonces se llamaba internacionalista. La “identidad nacional”, sea cual sea el caso, apela siempre a un absolutismo, a una homogeneidad del todo incompatible con la realidad multicultural de nuestra era. ¿Cómo defender —por ejemplo— esa identidad unívoca y, al mismo tiempo, el derecho a la diferencia que en todo terreno, desde la sexualidad hasta el uso de las lenguas indígenas, se ha vuelto eje de la modernidad? Lo preocupante, en todo caso, no es que el concepto lo enarbole un grupo de académicos de edad madura, ni sorprende que lo usen los viejos políticos nacionalistas; lo que de verdad me rompe las neuronas es oírlo en boca de jóvenes que oyen rock y música africana, leen poesía francesa, filosofía alemana, les atrae el budismo, los revolucionarios rusos, la mitología maya, los dibujos animados japoneses, el cine chino, la comida italiana, la ropa de la India, las pirámides egipcias y aztecas, el futbol (que, según quien lo cuente, es inglés o italiano) y encima —sí, encima—, hablan con total seriedad de la “identidad nacional”. O del deseo de tenerla.

Todo país es fruto de conquistas y migraciones anteriores, y cada uno de esos asaltos influye en la identidad. Toda nacionalidad es más o menos moderna. Toda cultura propia es en realidad una apropiación de culturas otras. A la vez, sería absurdo negar ciertas características culturales claras y definitorias en cada nación, pero éstas existen sin importar nuestros esfuerzos por reforzarlas o denostarlas. Existen y se transforman.

En la noche, al volver a la pensión, me enchufo los audífonos y pongo algo de hip-hop panameño, tan igual y tan distinto a otros que he escuchado. Ciertas palabras y frases son únicas, así como un mundo de referencias políticas y culturales. La forma en que afrontan el tropicalismo y sus ritmos es diferente respecto a otros trópicos. El rapero no se cuestiona su identidad nacional, se limita a ejercerla como y hasta donde sabe. No necesita gritar “¡Soy panameño!” ni  “¡Viva Panamá!” para saberlo y sentirlo. Tampoco inventa una nueva música, recicla la ya existente.

Luego leo un rato una novela panameña —la tercera en estos días— donde se narran fragmentos de país, de cultura, de identidad, a veces en tiempos pretéritos, a veces en presente. Se habla de diversas clases sociales, de distintas regiones del país, de varias generaciones, y de las diferencias evidentes entre todos esos fragmentos. Se habla, también, de lo que tienen en común. Justo antes de quedarme dormido me pregunto una vez más en qué consiste la panameñidad, y aunque sé que nunca podré responder tal pregunta, sé también que reconozco —aunque sea incapaz de enumerarlos— la multitud de pequeños gestos que la diferencian de los vecinos. La identidad nacional aparece entonces nebulosa, entre bostezos, y plena de diferencias en su seno. También llena de gestos comunes con otras tantas identidades nacionales.

Y sonrío, siempre y cuando nadie insista en volverla un absoluto, ni en someterla, ni en someternos a ella

Aculturación y transculturación

La transculturación se refiere al proceso mediante el cual ocurre una transmisión de hábitos o costumbres de una cultura a otra. En este proceso existe un contacto entre personas de distintas culturas, en el cual ambas personas empiezan a compartir su cultura; pero durante este proceso existe una cultura predominante, esta cultura “predominante” es la que influye más en la otra y de la cual poco a poco, se adoptan más rasgos culturales, mientras la otra cada vez pierde más su propia identidad (aculturación).

El proceso de aculturación se refiere al proceso por el cual se cambia la cultura propia [total o parcialmente] por la de otros. Ambos procesos (transculturación y aculturación) juegan un papel muy importante en la formación de la identidad, la cultura que rodea al individuo define su identidad y mediante el proceso de transculturación y aculturación la cultura original sufre una alteración y por lo tanto la trayectoria de la formación de la identidad del individuo cambia; debido a que en la cultura original hay nuevos factores que redireccionan el proceso para la definición de su identidad. Estos dos procesos están ligados a la cultura; el papel primordial que juega cada uno es el de transmisión y asimilación de la
cultura, estos procesos traen beneficios y afectaciones, positivos y negativos
como: Enriquecimiento de la cultura, un conocimiento generado a partir de
puntos de vista distinto, la pérdida parcial o total de una de las culturas, etc.

Desde una perspectiva histórica veremos cómo se desarrollan estos procesos. Se cuestiona sobre la identidad en la medida que hay un conflicto y un desequilibrio que la pone en evidencia. En América esta problemática se cristaliza desde fines del siglo XV, con el llamado “descubrimiento”. Esa partir del reconocimiento de la diferencia en que se estructura y elabora la identidad y quizás este factor fuese aún más determinante en los periodos de la conquista y la colonia en cuanto los grupos confrontados eran claramente diferenciables (racial y culturalmente). No obstante, llegadas las independencias y la época moderna, se consolidan las identidades nacionales, no supeditadas a la comparación extracontinental, sino a partir de características internas.

En la conquista, el primer encuentro no es otra cosa que un choque de ambas culturas (la indígena con la occidental); y es tan fuerte, que ni unos ni otros logran comprenderlo y asimilarlo bien. En ese intento de querer entender a los otros, ambos no hacen más que proyectar sus propias creencias, certezas y expectativas, contrapuntos que se reducen, se tocan y se descifran, sin embargo, en el ámbito religioso. Si en la conquista y colonización se intenta despojar y desprender a los indios de su cultura (proceso de aculturación) es para imponer una nueva cultura (proceso de transculturación). No obstante, esta planificación no resulta del todo certera y es que si la relación de la cultura dominada fuese de transculturación, de asimilación, no habría disyuntiva, pues estaría aceptada sin más la cultura dominante. No se desconoce que hubo aculturación, es decir, una pérdida cultural; empero la presencia del“traumatismo persistente” devela otra realidad (el supuesto alto grado de transculturación no fue tal). Desde un punto de vista etnoliterario percibimos la visión que tienen los indígenas en los periodos de la conquista y de la colonia respecto a la llegada de los hombres blancos (dzules) y a la cultura que se impone. Tal es el caso, en la cultura maya, de los libros del Chilam Balam, con las predicciones del Katún 11 Ahau. Estos textos nos muestran, no sólo la toma de conciencia, por parte de estos pueblos, del giro histórico que les tocaba padecer, sino, principalmente la preocupación por el futuro de su civilización y su cultura. No obstante, a pesar de estos dolidos lamentos,o quizás gracias a ellos, en tanto se dan a conocer, no sólo por la oralidad sino a través de su translación, transcripción y plasmación a la escritura, logran revitalizar sus tradiciones, más allá de la pérdida que supuso la supresión y destrucción de gran parte de sus patrimonios culturales (templos, bibliotecas, pinturas, etc.), espacio vacío que, por otra parte, es “llenado” con la nueva cultura.