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Desidentidades por Canek Sánchez Guevara

Hernán Cortés y La Malinche según el gran muralista mexicano José Clemente Orozco

Publicado por Canek Sánchez Guevara en su columna Diario sin motocicleta de M Semanal, número 720 de agosto 22 de 2011.

Hace unas noches, invitado por un excelente amigo, asistí a la presentación en sociedad de   la Academia de Genealogía e Historia de Panamá. Aunque los actos oficiales y académicos tienden a aburrirme, asistí arrastrado por la curiosidad, en parte porque la institución que la acoge es una exclusiva universidad católica(por tanto ajena a mi cosmos habitual) y, en parte, porque me encuentro en un país también ajeno a los míos. Mucha fue mi sorpresa cuando el flamante director y los flamantes miembros directivos (mi flamante amigo, que es un tipo listo, quedó como Tesorero) juraron respetar las reglas de la Academia, etcétera, y una voz que me pareció de ultratumba, respondió: “Si así fuere, que Dios y la Patria los premie, o de lo contrario, los castigue”. El acto, que comenzó con el himno nacional, se alargó por intervenciones de diversos miembros, pero hubo algo que me distrajo de todo lo demás: uno de los directivos mencionó que la Academia aspiraba a participar “en la configuración de la identidad nacional”.

La tan mentada identidad nacional me sigue pareciendo la fantasía ideológica más cara a los nacionalistas de toda calaña y condición, y el término, aunque sea pronunciado por intachables investigadores liberales, me asusta, pues me recuerda siempre a los discursos autoritarios de derecha y de izquierda. Soy de los que piensa que son más importantes conceptos como sociedad, ciudadanía o cultura; que la “identidad nacional” tiende a excluir a quienes no la practican, aunque nunca me quede claro cómo se puede practicar tal cosa, ni qué significa en los tiempos que corren. Así, en Panamá, uno bien podría preguntarse qué tienen en común, identitariamente hablando, un hacendado de Chiriquí, un indígena de Kuna Yala (cuya bandera incluye una esvástica que, según entiendo, representa al pulpo creador del mundo), otro de la comarca de Ngöbe-Buglé, un rastaman de Colón y un joven posmoderno y clasemediero de la capital. Aparte de los llamados símbolos nacionales y de una serie de condiciones político-administrativas que los sujetan por igual, sus vidas discurren por mundos distintos, se nutren de diversos simbolismos y, sin duda alguna, producen y protegen   identidades distintas.

Nuestro tiempo está signado por la diferencia. Si hay algo que por encima de todas las cosas alimenta todavía los ideales de libertad, de igualdad e incluso de fraternidad es, con justeza, el respeto a la diferencia, o, mejor aún, a “las diferencias”. Es la certeza de un mundo plural lo que mueve al mundo de nuestro tiempo, siendo los retrógrados los interesados en abolir tal condición. Cuando oigo hablar de identidad nacional pienso siempre en su imposibilidad, pues lo que hay son identidades nacionales. Cuando escucho en el acto antes descrito las palabras Dios y Patria, pienso que hay dioses y patrias; que todo Estado moderno no es otra cosa más que la unión, voluntaria o no, de diversas naciones y culturas, diversas identidades y cosmogonías, diversas deidades, diversas lenguas y que, en consecuencia, es absurda la idea de una identidad nacional.

Está de moda en estos tiempos de globalización acelerada apelar a la “identidad nacional” como elemento resistente, olvidando que ese mismo término fue empleado por los reaccionarios de antaño ante la invasión “extranjerizante” de las ideologías de izquierda. Si ahora el miedo se llama trasnacional, entonces se llamaba internacionalista. La “identidad nacional”, sea cual sea el caso, apela siempre a un absolutismo, a una homogeneidad del todo incompatible con la realidad multicultural de nuestra era. ¿Cómo defender —por ejemplo— esa identidad unívoca y, al mismo tiempo, el derecho a la diferencia que en todo terreno, desde la sexualidad hasta el uso de las lenguas indígenas, se ha vuelto eje de la modernidad? Lo preocupante, en todo caso, no es que el concepto lo enarbole un grupo de académicos de edad madura, ni sorprende que lo usen los viejos políticos nacionalistas; lo que de verdad me rompe las neuronas es oírlo en boca de jóvenes que oyen rock y música africana, leen poesía francesa, filosofía alemana, les atrae el budismo, los revolucionarios rusos, la mitología maya, los dibujos animados japoneses, el cine chino, la comida italiana, la ropa de la India, las pirámides egipcias y aztecas, el futbol (que, según quien lo cuente, es inglés o italiano) y encima —sí, encima—, hablan con total seriedad de la “identidad nacional”. O del deseo de tenerla.

Todo país es fruto de conquistas y migraciones anteriores, y cada uno de esos asaltos influye en la identidad. Toda nacionalidad es más o menos moderna. Toda cultura propia es en realidad una apropiación de culturas otras. A la vez, sería absurdo negar ciertas características culturales claras y definitorias en cada nación, pero éstas existen sin importar nuestros esfuerzos por reforzarlas o denostarlas. Existen y se transforman.

En la noche, al volver a la pensión, me enchufo los audífonos y pongo algo de hip-hop panameño, tan igual y tan distinto a otros que he escuchado. Ciertas palabras y frases son únicas, así como un mundo de referencias políticas y culturales. La forma en que afrontan el tropicalismo y sus ritmos es diferente respecto a otros trópicos. El rapero no se cuestiona su identidad nacional, se limita a ejercerla como y hasta donde sabe. No necesita gritar “¡Soy panameño!” ni  “¡Viva Panamá!” para saberlo y sentirlo. Tampoco inventa una nueva música, recicla la ya existente.

Luego leo un rato una novela panameña —la tercera en estos días— donde se narran fragmentos de país, de cultura, de identidad, a veces en tiempos pretéritos, a veces en presente. Se habla de diversas clases sociales, de distintas regiones del país, de varias generaciones, y de las diferencias evidentes entre todos esos fragmentos. Se habla, también, de lo que tienen en común. Justo antes de quedarme dormido me pregunto una vez más en qué consiste la panameñidad, y aunque sé que nunca podré responder tal pregunta, sé también que reconozco —aunque sea incapaz de enumerarlos— la multitud de pequeños gestos que la diferencian de los vecinos. La identidad nacional aparece entonces nebulosa, entre bostezos, y plena de diferencias en su seno. También llena de gestos comunes con otras tantas identidades nacionales.

Y sonrío, siempre y cuando nadie insista en volverla un absoluto, ni en someterla, ni en someternos a ella

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