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Retos del multiculturalismo contemporáneo

Artículo publicado por Manuel Guillén en el número 723 de M Semanal del 12 de septiembre de 2011.

La existencia de culturas diversas dentro de los Estados-nación ha sido resuelta de maneras distintas. Analizarlas en Canadá, Estados Unidos, España, Irak o México ofrece perspectivas para la convivencia.

El multiculturalismo es un concepto tenido en alta estima porque refiere a las singularidades vivenciales de cada grupo humano particular. De hecho, no poseemos al día de hoy una mejor manera de nombrar y, por ende delimitar, los ámbitos de convivencia, lenguaje, costumbres y maneras de ver el mundo de las comunidades singulares al interior de un Estado-nación: las culturas. Porque el concepto de cultura es una invención moderna; tendrá, a lo más, unos 300 años.
Surge con la consolidación de los Estados nacionales europeos hacia el siglo
XVIII. Lo que, en breve, el concepto de cultura destaca es la dicotomía que se
da entre el Estado y la cultura; entre un Estado nacional y las culturas que
coexisten en su interior.

Así podemos hablar de culturas y de pluralidad de culturas a lo largo y ancho del mundo. Cada una posee una historia propia que incluye mitos y leyendas sobre el origende esa cultura, un lenguaje y una manera peculiar de comprender al mundo y la vida. Por igual, en la mayoría de los casos, también incluye un espacio geográfico común y un sistema de leyes, o por lo menos de reglas, que la
cohesiona.

El tema de la pluralidad de culturas ha resultado ser uno de los lances mayores en el orden legal de los países a lo largo y ancho del mundo, precisamente por la
existencia de Estados-nación consolidados en la mayor parte del planeta. Si
éstos no existieran (como sucedía en épocas antiguas), el multiculturalismo no sería problema, ni siquiera tema a tratar políticamente. Sólo es debido a la complejidad de armonizar diversas culturas dentro de un Estado que la temática se vuelve relevante.

Dos han sido los pilares de los Estados-nación modernos: la identidad cultural y la ciudadanía. En principio, se supone que todos los habitantes en el interior de un Estado poseen la misma cultura; comparten una lengua, una historia y una manera de ver el mundo en términos sociales y políticos. A través del sistema educativo y del servicio militar obligatorio, en conjunto con la constitución de una historia nacional oficial, los Estados han buscado cohesionar a supoblación en el marco de una cultura homogénea. Se supone que todo aquel que comparte esta cultura (lenguaje e historia) tiene el derecho de ser ciudadano dentro del Estado.

Es decir, que llegado el momento legalmente sancionado de la mayoría de edad, todas las personas al interior de la cultura estatal pueden gozar de derechos políticos y sociales plenos.

No obstante, en la práctica esto ha sido mucho más fácil de decir que de hacer; en los Estados convive una multiplicidad de maneras de ver el mundo ligadas a
historias particulares y a lenguajes diversos. Conjuntos de personas que por
diferentes azares históricos han quedado dentro de los límites de un
Estado-nación determinado, en algunos casos comparten poco o nada con la
mayoría dominante o con la cultura oficial al uso. Es por ejemplo el caso de
los indígenas nativos de Estados Unidos, de las poblaciones indígenas mexicanas
y de las diversas naciones asimiladas a la Federación Rusa (incluso después de
la disolución de la URSS y de la independencia de numerosas naciones tras ese
acontecimiento). Los Estados han tenido diferentes maneras de lidiar con esta
circunstancia. Los casos más “benignos”, como el mexicano, consisten en
garantizar el estatus de ciudadanía para los integrantes de culturas diversas,
aunque con un fuerte componente de aislamiento en la práctica. Los casos más
graves han incluido la guerra civil y el genocidio, como ocurrió con la ex
Yugoslavia, y la consiguiente Guerra de los Balcanes entre las culturas que
integraban aquel país.

En términos generales, la mejor manera de construir una nación multicultural es la de la reciprocidad vivencial, consistente en garantizar, desde las estructuras del Estado, una serie de valores universales aplicables a la totalidad de las personas al interior de éste, al tiempo que se respeta la autonomía de costumbres de las culturas particulares siempre y cuando éstas no entren en
conflicto con dichos valores universales. De esta manera se genera una dinámica de respeto mutuo y de reciprocidad en la toma de decisiones políticas generales y particulares. Pocos países han intentado este sistema, pero los que lo han hecho han sido aceptablemente exitosos en su esfuerzo de una integración con independencia: Canadá y España se encuentran entre este grupo selecto de
naciones. El ejemplo de ambos deberá servir para integrar las naciones del
futuro, ya que el mundo se vuelve cada vez más multicultural, tanto por los
residuos de antiguos acomodos culturales, como por la constante y creciente ola
de migraciones a lo largo y ancho del planeta.

TENSIONES SOCIALES DEL MULTICULTURALISMO

Ahora bien, en la práctica, cada cultura, cuando se ve forzada a coexistir con otras culturas al interior de un Estado-nación, intenta replegarse sobre sus valores, su manera de ver el mundo y la vida e incluso en la identidad étnica de sus miembros. A lo largo de la historia, tradicionalmente la cultura que o bien tiene el mayor número de miembros (como en el caso de China con la etnia mandarín), la más avanzada tecnología (como fue el caso de españoles y portugueses durante la Conquista y la Colonia de América) o el poder a escala mundial (como los ingleses en Sudáfrica) termina por avasallar al resto de culturas, imponiendo sus valores, leyes y estilos de gobierno. Como toda imposición, esta dinámica se basa en la violencia física, psicológica y formal (reglas, leyes, lenguaje) sobre los sometidos.

El resultado de un orden social de esta guisa es que las culturas minoritarias
suelen volverse recalcitrantes; ensimismadas y desconfiadas de todo lo que les
es ajeno. La convivencia se vuelve un juego de fuerzas en el que sólo se tolera
de manera forzosa al Otro, pero no se logra una verdadera integración humana.
Durante buena parte del periodo histórico de la modernidad tardía (que va, más
o menos, de 1945 a 1989), en diversas partes del mundo las tensiones
interculturales fueron sofocadas, sometidas o aminoradas por la intervención de
Estados fuertes, como fueron los casos de Yugoslavia, Irak y México, por poner
algunos ejemplos paradigmáticos. No obstante, al entrar en el acomodo mundial
desregulado de las últimas décadas (también conocido como “era posmoderna”),
Estados como los mencionados se enfrentaron con la realidad de una convivencia precaria entre los distintos grupos étnicos y culturales al interior de ellos.

Sin duda, de los tres ejemplos antedichos el más dramático fue el de la ex Yugoslavia, ya que la nación se desintegró en medio de una cruenta guerra que duró casi una década (prácticamente los años noventa del siglo pasado). En Irak, el gobierno dictatorial de Saddam Hussein mantuvo a raya las divergencias culturales con base en la represión militar interna, hasta que, tras las dos Guerras del Golfo, el problema estalló y hoy mismo se vive una guerra civil en medio de la invasión estadunidense al país.

El caso mexicano no por pintoresco es menos digno de preocupación. Fue a mediados de la década de los noventa del siglo pasado cuando irrumpió de manera más espectacular que violenta el Ejército Zapatista de Liberación Nacional en la zona de los Altos de Chiapas, mostrando a la opinión pública, entre otras cosas, que la pretendida nación mexicana completamente mestiza, integrada y en vías de desarrollo era una falsedad del discurso político del partido único que gobernó al país durante siete décadas. Más allá de las pertinentes críticas al uso y abuso de la figura del Subcomandante Marcos en dicho movimiento, la presencia descontenta de los indígenas chiapanecos puso de relieve la discriminación, injusticia y grosera mala distribución de la riqueza por parte de la cultura hegemónica y la clase social dominante en el país.

Estos son algunos de los asuntos pendientes en la convivencia multicultural al interior de los Estados nación a lo largo y ancho del mundo. Política y legalmente hay diversas maneras de resolverlos, desde las reservaciones indias de Estados
Unidos hasta las legislaciones que combinan autonomía cultural y política con
integración federativa, como es el caso de España. Pero lo más importante es
reconocer las diferencias y comprenderlas dentro del marco universal de la
comunidad humana. Es decir, más allá de las divergencias específicas, por grandes que éstas sean, debemos reconocernos los unos a los otros como decididamente humanos y, por lo mismo, en igualdad de dignidad y derechos naturales.

Sin embargo, en un ambiente generalizado de transición cultural, política y
económica en el nivel universal, la armonía multicultural se desgaja en la
medida que el mundo se aleja del centro de atracción común de los valores
universales. La perspectiva en el mediano y largo plazo parecería indicar un
ambiente de crisis de los Estados nacionales y de las posibilidades
multiculturales que, hasta la fecha, éstos han hecho posibles.

MULTICULTURALISMO EN UN MUNDO GLOBALIZADO

El paradigma moderno del Estado nacional ha poseído una estructura político-administrativa que unifica, en principio, la diversidad cultural en torno a una ideología y una identidad común dentro de sus límites políticos y geográficos. La intención primordial de esta distribución de fuerzas al interior de una nación fue lograr un balance, una armonización de los elementos divergentes en juego. De esta manera ha sido posible el desarrollo de buena parte de los países del mundo moderno y ha dado lugar a la formación del sistema global de naciones tal y como lo conocemos en la actualidad. En muchos lugares del planeta posibilitó la expansión de la educación, la integración multirracial y la universalización del sistema sanitario y de asistencia pública. El mundo contemporáneo no se entendería sin este desarrollo evolutivo de los Estados nacionales.

Diríase, entonces, que en el entramado globalizador de nuestra era los Estados se
convierten en los enclaves culturales específicos que coexisten dentro de un
orden unificador mayor, determinado por las dinámicas propias de la
civilización capitalista en su fase actual: flujos financieros electrónicos,
desregulación del Estado de Bienestar, extendido y generalizado descreimiento
ideológico, cohesión social individualista, urbana, mediática e instrumental,
etcétera. Con la cautela del caso, podría hacerse una equiparación entre lo que
ocurre con el multiculturalismo al interior de una nación con lo que acontece
en el orden internacional y su composición multicultural de Estados en él
activos. La manera en que estos participan de semejante orden es similar a la
de las culturas particulares al momento de participar (o no hacerlo) dentro de
la vida política, social y económica de un país.

En este sentido, el desafío de la actualidad consiste en que la ideología nacional tenga sentido dentro de un mundo ampliamente globalizado, en el que los valores y el modo de vida de los países más avanzados han impregnado la vida cotidiana del resto del planeta, con la serie de claroscuros que ello implica. El nacionalismo debe ser pensado de nuevo y reinventado para que destaque los valores particulares de la nación en el marco de la realidad mundial
interconectada. No se trata de una vuelta a la cerrazón nacional ni a la
negación de las influencias positivas del exterior, que las hay y muchas, sino
de la formación de una verdadera comunidad ética nacional en la que los
integrantes de una país, más allá de sus diferencias culturales específicas
(étnicas, lingüísticas, tradicionales), puedan reconocerse como integrantes de
una sola entidad de convivencia que tiene como guía una serie de fines comunes,
entre los que habrán de destacar el respeto a la dignidad humana por encima de
las divergencias particulares, el desarrollo económico equitativo y la igualdad
de oportunidades dentro de lo que permite un sistema económico desigual en sí
mismo como lo es el capitalismo. Tal es el reto mayor al que se enfrentan las
naciones en este momento de la historia. Es la apuesta para hacer de nuestros
países lugares dignos de ser vividos.

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Desidentidades por Canek Sánchez Guevara

Hernán Cortés y La Malinche según el gran muralista mexicano José Clemente Orozco

Publicado por Canek Sánchez Guevara en su columna Diario sin motocicleta de M Semanal, número 720 de agosto 22 de 2011.

Hace unas noches, invitado por un excelente amigo, asistí a la presentación en sociedad de   la Academia de Genealogía e Historia de Panamá. Aunque los actos oficiales y académicos tienden a aburrirme, asistí arrastrado por la curiosidad, en parte porque la institución que la acoge es una exclusiva universidad católica(por tanto ajena a mi cosmos habitual) y, en parte, porque me encuentro en un país también ajeno a los míos. Mucha fue mi sorpresa cuando el flamante director y los flamantes miembros directivos (mi flamante amigo, que es un tipo listo, quedó como Tesorero) juraron respetar las reglas de la Academia, etcétera, y una voz que me pareció de ultratumba, respondió: “Si así fuere, que Dios y la Patria los premie, o de lo contrario, los castigue”. El acto, que comenzó con el himno nacional, se alargó por intervenciones de diversos miembros, pero hubo algo que me distrajo de todo lo demás: uno de los directivos mencionó que la Academia aspiraba a participar “en la configuración de la identidad nacional”.

La tan mentada identidad nacional me sigue pareciendo la fantasía ideológica más cara a los nacionalistas de toda calaña y condición, y el término, aunque sea pronunciado por intachables investigadores liberales, me asusta, pues me recuerda siempre a los discursos autoritarios de derecha y de izquierda. Soy de los que piensa que son más importantes conceptos como sociedad, ciudadanía o cultura; que la “identidad nacional” tiende a excluir a quienes no la practican, aunque nunca me quede claro cómo se puede practicar tal cosa, ni qué significa en los tiempos que corren. Así, en Panamá, uno bien podría preguntarse qué tienen en común, identitariamente hablando, un hacendado de Chiriquí, un indígena de Kuna Yala (cuya bandera incluye una esvástica que, según entiendo, representa al pulpo creador del mundo), otro de la comarca de Ngöbe-Buglé, un rastaman de Colón y un joven posmoderno y clasemediero de la capital. Aparte de los llamados símbolos nacionales y de una serie de condiciones político-administrativas que los sujetan por igual, sus vidas discurren por mundos distintos, se nutren de diversos simbolismos y, sin duda alguna, producen y protegen   identidades distintas.

Nuestro tiempo está signado por la diferencia. Si hay algo que por encima de todas las cosas alimenta todavía los ideales de libertad, de igualdad e incluso de fraternidad es, con justeza, el respeto a la diferencia, o, mejor aún, a “las diferencias”. Es la certeza de un mundo plural lo que mueve al mundo de nuestro tiempo, siendo los retrógrados los interesados en abolir tal condición. Cuando oigo hablar de identidad nacional pienso siempre en su imposibilidad, pues lo que hay son identidades nacionales. Cuando escucho en el acto antes descrito las palabras Dios y Patria, pienso que hay dioses y patrias; que todo Estado moderno no es otra cosa más que la unión, voluntaria o no, de diversas naciones y culturas, diversas identidades y cosmogonías, diversas deidades, diversas lenguas y que, en consecuencia, es absurda la idea de una identidad nacional.

Está de moda en estos tiempos de globalización acelerada apelar a la “identidad nacional” como elemento resistente, olvidando que ese mismo término fue empleado por los reaccionarios de antaño ante la invasión “extranjerizante” de las ideologías de izquierda. Si ahora el miedo se llama trasnacional, entonces se llamaba internacionalista. La “identidad nacional”, sea cual sea el caso, apela siempre a un absolutismo, a una homogeneidad del todo incompatible con la realidad multicultural de nuestra era. ¿Cómo defender —por ejemplo— esa identidad unívoca y, al mismo tiempo, el derecho a la diferencia que en todo terreno, desde la sexualidad hasta el uso de las lenguas indígenas, se ha vuelto eje de la modernidad? Lo preocupante, en todo caso, no es que el concepto lo enarbole un grupo de académicos de edad madura, ni sorprende que lo usen los viejos políticos nacionalistas; lo que de verdad me rompe las neuronas es oírlo en boca de jóvenes que oyen rock y música africana, leen poesía francesa, filosofía alemana, les atrae el budismo, los revolucionarios rusos, la mitología maya, los dibujos animados japoneses, el cine chino, la comida italiana, la ropa de la India, las pirámides egipcias y aztecas, el futbol (que, según quien lo cuente, es inglés o italiano) y encima —sí, encima—, hablan con total seriedad de la “identidad nacional”. O del deseo de tenerla.

Todo país es fruto de conquistas y migraciones anteriores, y cada uno de esos asaltos influye en la identidad. Toda nacionalidad es más o menos moderna. Toda cultura propia es en realidad una apropiación de culturas otras. A la vez, sería absurdo negar ciertas características culturales claras y definitorias en cada nación, pero éstas existen sin importar nuestros esfuerzos por reforzarlas o denostarlas. Existen y se transforman.

En la noche, al volver a la pensión, me enchufo los audífonos y pongo algo de hip-hop panameño, tan igual y tan distinto a otros que he escuchado. Ciertas palabras y frases son únicas, así como un mundo de referencias políticas y culturales. La forma en que afrontan el tropicalismo y sus ritmos es diferente respecto a otros trópicos. El rapero no se cuestiona su identidad nacional, se limita a ejercerla como y hasta donde sabe. No necesita gritar “¡Soy panameño!” ni  “¡Viva Panamá!” para saberlo y sentirlo. Tampoco inventa una nueva música, recicla la ya existente.

Luego leo un rato una novela panameña —la tercera en estos días— donde se narran fragmentos de país, de cultura, de identidad, a veces en tiempos pretéritos, a veces en presente. Se habla de diversas clases sociales, de distintas regiones del país, de varias generaciones, y de las diferencias evidentes entre todos esos fragmentos. Se habla, también, de lo que tienen en común. Justo antes de quedarme dormido me pregunto una vez más en qué consiste la panameñidad, y aunque sé que nunca podré responder tal pregunta, sé también que reconozco —aunque sea incapaz de enumerarlos— la multitud de pequeños gestos que la diferencian de los vecinos. La identidad nacional aparece entonces nebulosa, entre bostezos, y plena de diferencias en su seno. También llena de gestos comunes con otras tantas identidades nacionales.

Y sonrío, siempre y cuando nadie insista en volverla un absoluto, ni en someterla, ni en someternos a ella